El menú infantil que deberíamos dejar de normalizar
Por qué te hablo de esto
Hay algo que me llama mucho la atención cuando voy a un restaurante: el menú infantil.
Con demasiada frecuencia encontramos exactamente lo mismo: nuggets de pollo, patatas fritas, pasta muy simple, refresco y, para terminar, un helado.
Y lo hemos normalizado hasta tal punto que parece incluso lógico pensar que eso es «comida para niños».
Pero si lo pensamos desde un punto de vista médico, nutricional y del desarrollo, la pregunta debería ser otra: ¿por qué ofrecer sistemáticamente a un niño alimentos de peor calidad justo en una etapa de la vida en la que necesita una nutrición especialmente buena?
Durante la infancia, el organismo está en pleno crecimiento. El cerebro, los músculos, los huesos, el sistema inmunitario y el sistema hormonal están desarrollándose de forma constante.
Para ello, un niño necesita proteínas de calidad, grasas saludables, vitaminas, minerales, fibra y una alimentación variada. Necesita huevos, pescado, carne o alternativas proteicas de calidad, verduras, frutas, legumbres, lácteos si los tolera y alimentos poco procesados.
Y necesita también ácidos grasos omega-3, especialmente DHA, que participa en el desarrollo y funcionamiento del sistema nervioso y de las membranas neuronales.
No estoy diciendo que un niño no pueda comer nunca unas patatas fritas o un helado. Claro que puede. El problema aparece cuando ese tipo de alimentación se convierte en la norma y los alimentos frescos y nutritivos pasan a ser la excepción.
Los niños aprenden a comer
Una de las cosas más importantes que debemos entender es que el gusto también se educa. Un niño que desde pequeño está acostumbrado a comer pescado, verduras, huevos, carne, fruta o legumbres tiene muchas más probabilidades de aceptar estos alimentos con normalidad.
En cambio, si acostumbramos su paladar continuamente a alimentos ultraprocesados, muy salados, muy dulces y muy palatables, es lógico que después rechace sabores más naturales.
No significa que todo dependa exclusivamente de los padres. Existen preferencias individuales, etapas de mayor selectividad alimentaria y numerosos factores familiares y sociales. Pero el entorno alimentario que creamos durante la infancia importa mucho.
Los niños observan lo que comemos. Aprenden de nuestros horarios, de nuestras compras, de lo que ponemos sobre la mesa y también de nuestra relación emocional con la comida.
Por eso me parece curioso que, en algunos restaurantes, los adultos podamos elegir pescado, verduras, carne de calidad o platos elaborados y reservemos para nuestros hijos la opción nutricionalmente más pobre de toda la carta.
Quizá deberíamos plantearlo al revés. El menú infantil debería ser simplemente una porción adaptada de comida de calidad.
No se trata de prohibir, sino de educar
No creo en crear miedo alrededor de los alimentos ni en prohibir absolutamente todo. Una alimentación saludable también debe permitir momentos sociales, celebraciones y cierta flexibilidad.
Pero existe una enorme diferencia entre comer ocasionalmente unos nuggets y construir la alimentación cotidiana de un niño alrededor de productos ultraprocesados.
La educación nutricional empieza mucho antes de que una persona tenga colesterol alto, resistencia a la insulina o sobrepeso. Empieza en casa.
Y ocurre exactamente lo mismo con otros hábitos de salud. Un niño que aprende desde pequeño que hacer ejercicio es algo normal probablemente tendrá una relación diferente con la actividad física en la edad adulta. Un niño que tiene horarios adecuados de sueño aprende que dormir forma parte del cuidado de su salud.
Y un niño que ve a sus padres cocinar, comer alimentos variados y disfrutar de una alimentación saludable entiende que comer bien no es un castigo. Es simplemente la manera normal de alimentarse.
Invertir en salud desde el principio
Muchas enfermedades que tratamos en la edad adulta tienen una historia que empieza décadas antes. El exceso de peso, la resistencia a la insulina, la diabetes tipo 2, la hipertensión y buena parte del riesgo cardiovascular están relacionados con factores genéticos, pero también con hábitos que se construyen progresivamente.
Por eso la prevención no debería empezar a los 50 años cuando aparece una analítica alterada. La prevención empieza en la infancia.
Y probablemente uno de los mejores regalos que podemos hacer a nuestros hijos no sea únicamente proporcionarles una buena educación académica. También es enseñarles a cuidar su cuerpo. A comer bien. A moverse. A dormir. A entender que la salud no aparece por casualidad, sino que se construye con pequeñas decisiones repetidas durante años.
La próxima vez que veamos un menú infantil de nuggets, patatas fritas y helado, quizá podamos preguntarnos si realmente eso es lo que un niño necesita. No se trata de obsesionarnos. Se trata simplemente de recordar algo muy básico: si hay una etapa de la vida en la que merece la pena ofrecer los mejores alimentos posibles, esa etapa es precisamente la infancia.
Cuida de tus hijos hoy y estarás ayudándoles a cuidar de sí mismos durante toda su vida.
Lo que debes recordar
- —La infancia es una etapa de crecimiento intenso: es cuando más importa ofrecer alimentos de calidad, no de peor calidad.
- —El gusto se educa: acostumbrar el paladar a alimentos frescos y variados facilita que el niño los acepte de mayor.
- —No se trata de prohibir, sino de que lo ultraprocesado sea la excepción y no la norma.
- —La prevención de enfermedades metabólicas y cardiovasculares empieza en la infancia, no a los 50 años.
- —Enseñar a comer, moverse y dormir bien es uno de los mejores regalos para la salud futura de un hijo.

Doctor Florian A. Vallecillo Cabrera
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Contenido informativo y de divulgación, redactado y revisado por el Doctor Florian A. Vallecillo Cabrera. No sustituye una consulta médica presencial ni un diagnóstico individualizado.


